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Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.
(Marx: El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. 1852)
En los anteriores números de EPQ? iniciamos el debate acerca del rol de la Universidad en el marco del sistema capitalista. En primer lugar, como proveedora de mano de obra calificada; y en segundo, como instancia de producción de conocimiento que busca legitimar las relaciones sociales vigentes con el objetivo de favorecer la reproducción de las mismas.
Ahora bien, en tanto somos parte de una agrupación universitaria, nos es inevitable preguntarnos: ¿qué podemos hacer frente a esto? ¿De que manera actuar en consecuencia con nuestros objetivos?
Nuestra intervención en la Universidad
Contestar la pregunta acerca del qué hacer no debe ser una mera respuesta abstracta sobre lo que “se debería hacer”. Por el contrario, intentamos buscar el desarrollo de una práctica política que sea parte de esa afirmación. Una intervención que -al entenderla en el sentido de una praxis- implica una participación política específica en la Universidad actual para aportar a la transformación radical de su orientación. De esta manera, nos proponemos contribuir al cambio revolucionario de la sociedad en su conjunto (hoy lejano).
En este sentido, creemos importante remarcar dos aspectos diferentes pero complementarios de nuestro accionar: la política gremial y la académica. Desde el BASE, buscamos romper con la división entre ambos. Es cierto que la propia lógica que opera en la Universidad lleva a esta escisión. Así, lo académico parece residir en proyectos de investigación, libros y clases y lo político, en los órganos de gobierno, las asambleas, los Centros de Estudiantes, marchas, etc. Una vez más, en el capitalismo los fenómenos se presentan como lo que no son. Consideramos que debemos superar esta separación, tornando lo cotidiano más político y lo político más cotidiano.
Por “gremial” hacemos referencia a aquellas cuestiones específicas que afectan a los estudiantes, docentes e investigadores de la Facultad: mayor presupuesto, renta para los ad honorem, gratuidad de la educación, etc. Encaramos estas luchas partiendo de las demandas más inmediatas – para luego procurar vincularlas, sin saltear pasos intermedios en el análisis de la situación, con las cuestiones estructurales y los problemas de fondo que las califican y condicionan. Pero para que estas reivindicaciones (entre otras más generales) puedan llevarse a cabo y haya una real consolidación de un cambio progresivo en la Universidad, creemos que el protagonismo activo de los estudiantes es el elemento más valioso. Al mismo tiempo, el papel que juega lo que debería ser la herramienta gremial del movimiento estudiantil -el Centro de Estudiantes- es central en ese proceso.
En este sentido, desde el BASE tenemos una propuesta concreta de Centro de Estudiantes, La Redonda, que hemos venido construyendo desde hace varios años en conjunto con otras agrupaciones y corrientes universitarias de todo el país. La Redonda intenta romper con la lógica generalmente aceptada de que es una agrupación (o frente de agrupaciones) la que debe conducir el centro sin tener en cuenta la opinión de los estudiantes (más que cuando se acercan las elecciones). El modelo de Centro de Estudiantes imperante en la actualidad es otro modo en que se presenta la separación entre trabajadores intelectuales/trabajadores manuales, vigente también en otros ámbitos de la realidad social. Por el contrario, nosotros postulamos una forma democrática, asamblearia, con comisiones abiertas de trabajo y con cuerpo de delegados, entre otras características, que intente diluir las relaciones entre representantes y representados. Nuestra propuesta intenta evitar la reproducción de una jerarquización basada en la separación tajante entre un grupo iluminado encarnado en la conducción del Centro, supuesto portador de una conciencia absoluta, que ilumina al conjunto de los estudiantes; al tiempo que se pretende dotar de participación y movilización activa a todas nuestras luchas y reclamos.
El segundo aspecto de nuestra intervención en la Universidad, al que le damos especial relevancia, es a la política académica. Desde nuestra perspectiva, esto implica problematizar la forma que toma la producción de conocimiento en la Universidad y el rol que socialmente se asigna a las profesiones.
Desde el surgimiento de la Universidad, ésta fue pensada como el espacio de construcción y difusión de conocimiento entre estudiantes y docentes. Sin embargo, se trataba de un espacio muy reducido, reservado a unos pocos miembros de la sociedad. El avance y consolidación del capitalismo le impregnó un nuevo rol a dicha Universidad – ahora como formadora de mano de obra calificada para satisfacer la demanda del capital. Esta necesidad trajo la generalización de la Universidad y, en algunos casos, su gratuidad (al menos en teoría). Mas, a lo largo de este proceso de expansión, las aulas perdieron su lugar central en la construcción de conocimiento científico, el cual quedó relegado a laboratorios y centros de investigación desvinculados de los cursos (y por tanto de la mayoría de los docentes y estudiantes) y al sector privado. En Argentina la muestra evidente de este proceso fue la creación del CONICET, que traspasó el presupuesto para investigación de las Universidades a un organismo independiente de ellas. El desafío entonces está en recuperar el carácter universitario de las carreras de grado, recuperando el rol activo de la construcción de conocimiento entre docentes y estudiantes al interior del aula – para que la investigación de cátedra renazca de sus cenizas. Las relaciones político-pedagógicas en el aula dan cuenta ampliamente de una fuerte jerarquización, en la que el docente imparte sus conocimientos a un grupo de alumnos (que etimológicamente significa “sin luz”) que los recibe pasivamente, provocando la perpetuación de la lógica del sistema dentro de la Universidad, configurándonos como sujetos acríticos, incapaces de transformar la realidad que nos rodea.
Por esta razón, son cruciales las discusiones respecto a los planes de estudio, los contenidos efectivos de las materias, la difusión del conocimiento crítico, la política de los concursos y, por sobre todo, problematizar sobre la (no) construcción del conocimiento. Pero esto no sería aún completo si no logramos enlazar esta intervención con el desarrollo más amplio de un proyecto político de la clase trabajadora que luche por una transformación de las estructuras sociales desde sus cimientos.
COPRODUCCIÓN de CONOCIMIENTO
Esta situación nos lleva a intentar introducir nuevas formas en la producción de conocimiento; formas que no son mejores por “nuevas”, sino porque intentan ser una síntesis de nuestras concepciones y del legado de aquellos que, históricamente, han luchado por una transformación profunda de la sociedad. Aquí se inscribe la idea de coproducción de conocimiento. Ésta cuestiona las peculiaridades de la forma misma en que se produce conocimiento: lo que se pone sobre la mesa es la supuesta neutralidad del conocimiento, enmarcado en la separación tajante entre Universidad y sociedad. A lo que se tendería sería a minar la separación entre ciencia y acción, como un paso a una concepción íntegra de la ciencia como una praxis específica.
El conocimiento puede (y debería) construirse en conjunto con otros sectores sociales, en un espacio en que desde ambos lados se puedan brindar aportes valiosos para el desarrollo del saber – y al mismo tiempo consolide el desarrollo de experiencias políticas y sociales que tiendan al objetivo general de cambio social. Adicionalmente, implica incorporar formas teórico-metodológicas novedosas y críticas a la formación profesional. Esto no supone caer en el romanticismo de “todos somos iguales”, sino concebir críticamente el papel de cada interviniente -del sector universitario y de otros sectores sociales- en esa construcción en conjunto. Por el contrario, hacer explícitos el carácter diferenciado de experiencias, conocimientos formales, informales, etc., implica tomar un punto de partida más ligado a la realidad y reconocer el lugar que cada uno ocupa – pero no como algo necesariamente estanco ad infinitum, sino como roles dinámicos que continuamente se retroalimentan los unos a los otros. Al mismo tiempo, eso potencia aún más el proceso, ya que ambos sectores pueden conocer sus propias falencias y acrecentar sus saberes específicos.
Esta concepción se para frente al concepto dominante y simplista de extensión universitaria –que se conforma con la Reforma del ´18 y parte de que la Universidad, poseedora del conocimiento, extiende el mismo hacia la sociedad, con una lógica claramente asistencialista. Es una lógica de transmisión de conocimientos que se reproduce en los distintos niveles de la sociedad y, por lo tanto, también en el interior de la Universidad
La coproducción de conocimiento surge como una alternativa ciertamente valiosa. Sin postular un ideal de “igualdad” que esconda las diferencias existentes, retoma los saberes y las experiencias de los diferentes sectores en pos de un objetivo común, de una verdadera praxis revolucionaria.
Esta apuesta implica derribar el mito del saber “neutral”: creemos firmemente que el “conocimiento” es el resultado de un marco social específico y está ligado siempre a un proyecto de clase, encerrando en sí una relación de dominación y propiciando la reproducción de las relaciones de producción vigentes. Nuestra estrategia apunta a que el trabajo en conjunto con otros sectores sociales permita el reconocimiento mutuo de los roles que juegan diferentes actores de la clase dominada; de camino a la construcción colectiva de un proyecto político superador, que contenga en sí la semilla de una sociedad sin explotadores ni explotados.
Conocé para transformar…Transformá para conocer.
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